Zip y Zap y el club de la canica

    ★★★✩✩

    Hablar de Zipi y Zape y el club de la canica como de una adaptación cinematográfica de imagen real de las célebres historietas creadas por José Escobar resulta del todo inapropiado a tenor de que no queda nada de los personajes animados y sus aventuras dibujadas en la película de Oskar Santos, salvo el nombre de los susodichos y el color de sus melenas. Todo, absolutamente todo, de lo que acontece en la trama y metraje de Zipi y Zape y el club de la canica pertenece a la propia invención de sus artífices. No hay, por tanto, intención alguna en este producto de ser lo más mínimamente fiel a las fuentes que le sirven de inspiración. Lo que, sin duda, defraudará a los fans de los personajes originales a la hora de asimilar esta película, pero no supone una razón de fuerza mayor como para denigrarla.

    Sí lo es el hecho de que, tomando los visos de una cinta de aventuras de corte familiar, con referentes cinematográficos harto visibles y conocidos por todos (desde el clásico y gérmen del género Los Goonies (1985), de Richard Donner, hasta la más reciente saga de Harry Potter), Oskar Santos haya desaprovechado la ocasión que tenía entre manos para poner en pie una oda a la aventura con mayúsculas, que nos contagiara de ese espíritu entre osado e infantil y nos encandilara con una parafernalia de intrincados desafíos de los que sólo en el cine uno es capaz de salir airoso. Y no. Santos y sus guionistas, Jorge Lara, Francisco Roncal y Moisés Gómez Ramos, se limitan a cocinar una aventurilla de andar por casa, una especie de gincana en la que el riesgo brilla por su ausencia y las dosis de aventura proporcionan la misma emoción que ver danzar a la bailarina diminuta de una cajita de música.

    Huelga decir en su favor que Zipi y Zape y el club de la canica luce una estampa de sobresaliente, pues viene arropada por una puesta en escena milimétricamente calculada e imponente. La factura técnica de la cinta es de campeonato, con esa inteligente dosificación de los efectos especiales durante todo el metraje hasta la traca final, donde lo digital cobra protagonismo de manera elegante y sin enturbiar ni tan siquiera dejar en segundo plano a la imagen real. La fotografía, la dirección artística, el vestuario, el sonido, todo sin excepción primorosamente cuidado, otorgando a la película una poderosa y solemne categoría, digna de una gran superproducción. El pero es que, debajo de todo esto, no hay una historia que realmente nos enganche y nos deslumbre, que mientras el grupo de chavales protagonistas se patea ese palacio de apariencia gótica de arriba abajo buscando los diamantes a uno le atrae mucho más la suntuosa decoración de tal despacho o la lóbrega penumbra que reina en la cocina.

    Por no hablar de la pésima dirección que demuestra Santos en lo que a las actuaciones de los niños se refiere, salvándose sólo en esta parte la chica, Claudia Vega, precisamente por ser la única con alguna buena experiencia ante las cámaras demostrada (Eva, Barcelona nit d’estiu). Por su parte, Javier Gutiérrez elabora un villano de postín, a través de una manifiesta prepotencia, pero canta de lejos lo poco desarrollado y lo escasamente perfilado ya desde el guión de su personaje. Para colmo de males, la anunciada participación del gran Álex Angulo se termina reduciendo a un cameo vistoso y poco más. En resumidas cuentas, esta Zipi y Zape y el club de la canica termina siendo una de las grandes mentiras cinematográficas del año, pues no sólo no alcanza las expectativas generadas sino que ni tan siquiera llega a intentar cumplir lo que venía prometiendo. Y es que, seamos sinceros, para revivir el espíritu de la aventura infantil no hacen falta muchos fuegos de artificio: valga de ejemplo aquella entrañable y magnífica joya de hace un par de temporadas llamada Héroes (2010), de Pau Freixas.

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