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Sin Señas Particulares y los inevitables vínculos de dolor

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Sin Señas Particulares y los inevitables vínculos de dolor

En la sórdida realidad mexicana, representada ya demasiadas veces en el cine, existe un vínculo irrefutable:  la migración con la violencia.  Trabajos como El Paso (Everardo González, 2015) o El Guardián de la Memoria (Marcela Arteaga, 2019) retratan este nexo donde mexicanos tienen que cruzar la frontera no precisamente para buscar una mejor vida, sino para salir del peligroso entorno al que, por una u otra razón, se ven expuestos. El debut de Fernanda Valadez con el filme Sin Señas Particulares abarca este vínculo pero considerando su causa principal: la pobreza.

Así como las problemáticas están inherentemente ligadas, el destino de sus protagonistas también. Valadez, en un inteligente juego de narrativas, cruza la historia de un par de madres de la zona rural de Guanajuato con la de una madre de clase media y un joven muchacho, Miguel (David Illescas), el cual regresa a México tras ser deportado. Si bien, las historias tienen puntos en común y en un principio pareciera que podríamos partir de cualquiera o, incluso, en un ejercicio de historias entrelazadas, de todas; Valadez nos cuenta la de Magdalena (impresionante Mercedes Hernández), una de las madres de la zona rural, quien sirve de pivote en esta exposición de problemáticas, desgracias y hasta burocracia. 

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Magdalena -quien además es madre soltera- tiene que ver cómo su único hijo, el adolescente Jesús (Juan Jesús Varela), decide irse de mojado a Estados Unidos con su amigo Rigo a causa de la pobreza. Tras unos meses de no saber nada de ellos, Magdalena y la otra madre descubren que Rigo fue asesinado, mientras Jesús, sin nada oficial, pudo tener el mismo destino. Por lo tanto, Magdalena emprende un viaje en su búsqueda, aunque sea para saber con certeza si murió y descansar de la corrosiva incertidumbre. 

La decisión de la directora por presentarnos con dedicación el contexto de la madre de clase media y el de Miguel, el muchacho deportado, puede parecer algo desconcertante. Sin embargo, este ejercicio narrativo resulta significativo hacia el final de la película cuando comprendemos que no es relevante la denuncia social de una historia, que si bien nunca deja de ser desgarradora, ya ha sido demasiado explotada en el cine cayendo incluso en el melodrama sentimental. Lo significativo en esta ficción es, llamémosle así, el ciclo de dolor que el personaje experimenta. No importa cuál sea el contexto, el desenlace es trágico la mayoría de las veces.

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Tenemos, por ejemplo, al personaje de Miguel quien partió en busca de nuevas oportunidades solo para encontrarse años después en su país de peor forma que cómo se fue. Si su decisión de migrar hubiera llegado un poco más tarde se hubiera visto obligado a irse de igual manera y por el mismo rumbo, ya no solo para encontrar las mentadas oportunidades, sino para huir/sobrevivir de la violencia del crimen organizado; el mismo crimen que se aprovecha de la vulnerabilidad de los migrantes.

Sin Señas Particulares se desarrolla entre los terrenos del road movie, el western y hasta el horror. Acompañamos a la protagonista en su travesía por paisajes abandonados y desérticos, llegando a lugares destrozados por el narcotráfico y topándose con personas con quienes no sabes si confiar, una odisea donde la moral es desplazada en favor de la sobrevivencia. Valadez junto a su fotógrafa Claudia Becerril utilizan tomas de una poquísima profundidad de campo, diálogos de personajes cuyos rostros nunca vemos y estilizadas secuencias donde la luz de una lámpara o fogata dejan lo peor a la imaginación provocando el mismo temor que las declaraciones en La Libertad del Diablo (2017), aquel terrorífico documental de Everardo González sobre la violencia en México. 

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Los recursos estilísticos de la cinta la asemejan, deliberadamente, con la ambigüedad de una pesadilla, una donde el Diablo es director de orquesta (¡Vaya!, hasta se nos muestra una estilizada y lúgubre representación con todo y cuernos y cola). De hecho, se hace también la comparación con el crimen organizado, en la cual, el mal tiene todas las de ganar y el débil las de perder. 

Al final del camino, la protagonista solo encuentra desesperanza descubriendo este ciclo de dolor cuando, en una especie de paradoja, Magdalena y Miguel se complementan, ella buscando al hijo que se fue y él de vuelta buscando a su madre que ya no está. Un desenlace brutal, si su hijo Jesús -valga el nombre y la expresión- se encontró con el Diablo, ella se encuentra en el infierno que es la pesadilla de perder un hijo. La ópera prima de Fernanda Valadez es quizá uno de los retratos de ficción más desgarradores sobre nuestra realidad.

 

 

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