Libros

Sigüenza, literatura y ciencia en tiempos oscuros

0

«Con tres ojos el tridente
tiene el gobierno seguro,
lo pasado le es presente
y alcanza a ver lo futuro,
con prevenir lo presente.»

En el siglo XVII, los matemáticos Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) y el peruano Pedro de Peralta Barnuevo (1633-1743), integraron la dupla de los hombres más destacados y progresistas del “siglo de las luces” de la todavía América hispánica e inspiraron a una generación de hombres interesados en la difusión del conocimiento.

Sobrino del dramaturgo español Luis de Góngora y Argote y discípulo de René Descartes, catedrático de Real y Pontificia Universidad de México y amplio conocedor de la astronomía (gracias a lo cual recibió el nombramiento de cosmógrafo real) y la física, Sigüenza realizó una Expedición hidrográfica al Golfo de México en 1693, preocupado por el manejo y la distribución del agua.

A pesar de su vocación religiosa y la tensión inquisitiva de la época, el también conocido como “el mexicano” fue un estoico precursor de la literatura científica en pos del bien común.

A través de las andanzas de Sigüenza y de su “achichincle”, el indígena Serafín Ocelote, al estilo de el Quijote y Sancho y en otras a lo Sherlock y Watson, en “El mercurio volante” Carlos Chimal (México, 1954) vislumbra una recreación del México Colonial en la cual se rememoran pasajes trascendentes: la inundación de la entonces México-Tenochtitlán en1629, el paso del cometa en 1681 y el eclipse solar de 1691.

Gente destacada y cercana al «padre Carlos», como Sor Juana Inés de la Cruz, Eusebio Francisco Kino, Atanasio Kircher y el arzobispo Francisco de Aguiar y Seixas, y otros olvidados como el cosmógrafo Enrico Martínez, son fundamentales para entender la complejidad del México novohispano y los tejes y manejes de las cúpulas y castas.

«Castiga a este reino loco
que con tres ‘chiquisapotes’,
quiere competir contigo
y usurparte tus blasones.»

Si bien el relato a veces resulta denso por su estilo un tanto rococó y su lenguaje rebuscado, repleto de palabras ya en desuso (contexto de la época) que evidencian la simplificación del español -o quizá el empobrecimiento del idioma-, y la narrativa tiene ciertos vacíos, el texto de Chimal resulta fascinante y mágico.

«El mercurio volante» posee un sustancioso discurso repleto de figuras poéticas, una crónica científico-histórica de una ciudad que creció y se transformó sin prever ni dar respuesta a problemáticas ancestrales.

Junto a Julieta Fierro y José Gordon, Carlos Chimal (“El universo en un puñado de átomos”, “Luz interior”, “El viajero científico”, entre otros) se ha preocupado por la comprensión del fenómeno científico para el gran público.

Aunque “El mercurio de volante” es un texto complejo, el cual debe leerse con paciencia, es un argumento para demostrar que la ciencia no es tan distante como se cree y es cercana al entorno cotidiano.