Review: Taxi Teherán

    La cultura persa es milenaria y a cada manifestación artística que nos llega lo vuelve a dejar patente, es la demostración de que los pueblos sobreviven a sus dirigentes, a sus políticos, a sus gurús y sus religiones y religiosos, sólo es cuestión de tiempo, paciencia, perseverancia y astucia. Nada más triste y lamentable que prohibir expresarse a las personas, por el medio que sea, por el motivo que sea y con el fin que sea. Si el ser humano se distingue de los demás animales por la creación y uso del lenguaje, la necesidad vital, primaria y social de dar forma a lo que nos pasa y compartirlo es irrenunciable, sin importar para nada las cortapisas e impedimentos que traten de imponer.

    Aquí estamos ante una cinta imperfecta pero impecable. Utilizando el formato de un (falso) documental, el director – sobre quien pesa una prohibición expresa desde hace años de dirigir y de abandonar su país – nos propone un viaje por las calles de Teherán, ofreciendo un microcosmos de personajes y situaciones que no por triviales dejan de tener su enjundia, no sólo como denuncia, sino como caleidoscopio de una realidad que nunca será ni podrá ser la historia oficial del régimen, ni ofrecer la imagen que a algunos les gustaría exportar al mundo. La realidad es tozuda y siempre encuentra forma de manifestarse. A pesar de todo los impedimentos y dificultades.

    Al igual que en “Náufragos” de Hitchcock, la acción – y la cámara – está limitada a un espacio físico (un coche), que navega indefenso en el proceloso maremágnum de la capital. Mercado negro, algún integrista, ciertas mujeres más comprensivas, una niña entre repipi y entrañable, una abogada a la que le van a prohibir ejercer, dos ancianas supersticiosas, unos ladrones o policía secreta, un supuesto amigo de la infancia… un variopinto y heterogéneo catálogo de personajes que configuran un mosaico de la diversidad y disparidad humana en toda gran ciudad de nuestros días. La restricción del espacio y del punto de vista no es óbice para asistir a un apasionante rompecabezas, donde prima la cercanía inmediata sobre el fulgor de la trama o de los (inexistentes) efectos especiales.

    Pese a las implacables trabas para su realización, a su sencillez y su modestia, la propuesta resulta arrebatadora y convincente. Es un alarde de creatividad, ganas de expresarse y compartir un rayo de luz y de esperanza. Los aplausos que jalonaron la proyección demuestran que el mensaje cala y la cinta cautiva. Un regalo.

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