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Midsommar: El perturbador folk horror que confirma a Ari Aster

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Midsommar es probablemente la película de terror más esperada del año. Un folk horror que hace referencia directa a clásicos como The Wicker Man (Robin Hardy, 1973) o The Blood on the Satan´s Claw (Piers Haggard, 1971). Después de su gran opera prima, Ari Aster regresa con un film que comparte similitudes, tanto estéticas como temáticas, con la elogiada Hereditary. Una de ellas está en concentrase en las relaciones humanas y el duelo de perder a un ser querido, todo por medio de un terror cuya esencia no está en las convenciones del cine de género, sino desarrollar sus temas de manera pesadillesca.

Aster se toma su tiempo para plantear cada situación. En Hereditary comenzamos con la muerte de la abuela de la familia, creemos que ese es el detonante de la historia, sin embargo, es solo el contexto, ya con un tramo recorrido de la película, nos damos cuenta que el verdadero detonante es la muerte de la pequeña hija. Algo similar sucede en Midsommar. Dani (increíble Florence Pugh) es una joven terminando la universidad. Las noticias desde casa tienen que ver principalmente con la depresión de su hermana, quien cierto día se suicida no sin antes llevarse a sus padres con ella.

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Devastada se refugia en su longeva relación con Chris (Jack Reynor) intentando evitar que su dolor sea una molestia para él, debido a que su novio se convierte en lo único que le queda. Mientras para Chris la relación ya le parece una carga, quien motivado más por la culpa se mantiene ahí, tratando (sin mucho esfuerzo) de ser un apoyo. Ambas personas, por lo tanto, se encuentran atrapadas en una relación que murió hace tiempo. De esta forma, Aster plantea una de las ideas fundamentales de sus dos cintas: el dolor conlleva a más dolor.

El apoyo que Dani busca y el que Chris trata de ofrecer, provoca la inclusión de ella a un viaje que ni ella quiere ir, ni su novio quiere que vaya. Christian lleva tiempo planeándolo con sus amigos: el inmaduro y misógino Mark (Will Poulter), el intelectual y analítico Josh (William Jackson Harper) y el extranjero Pelle (Vilhem Blomgren), este último es justo quien propone la idea, invitando a sus compañeros a unas celebraciones veraniegas en su tierra natal Halsingland, Suecia.

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La manera en que Aster nos introduce a esta comuna provinciana nos remite a la forma en que Kubrick nos lleva al Hotel Overlook en El Resplandor (1980), a través de una larga y solitaria carretera que Aster junto a su cinematógrafo Pawel Pogorzelski van retorciendo hasta situarla, literalmente, al revés anticipando el retorcido y diferente lugar al cual se dirigen; empezando con que esta pintoresca comuna rural vive la mayor parte del tiempo bajo la luz del sol. Si usted está familiarizado con el folk horror sabrá de ante mano a donde se encamina todo: si algo es demasiado perfecto, es porque hay algo irremediablemente mal.

Aster, con atino, retoma algunas tradiciones vikingas para crear el ambiente demencial del pueblo, como el Äettestup –cuya realización es el primer motivo de inquietud entre los protagonistas-, las runas o la especie de Águila de Sangre. Pero no me mal entienda, no es que esta comuna quiera revivir las viejas glorias de sus ancestros. Es, más bien, una comunidad algo occidentalizada que también podría considerarse medio hippie. Como otra similitud con Hereditary, Aster impregna en esta sociedad ciertos aires de secta, lo cual viene muy al caso considerando las influencias del folk horror que tiene la película.

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Pero, es necesario dejar algo en claro. Midsommar no es el tipo de película que podemos llamar terrorífica. Como mencionamos antes, Aster no juega con las convencionalidades del género. El hecho de que sea una historia que transcurre a plena luz del día ya nos debe dar pista de ello. No espere platos flotando, sollozos a lo lejos o un fantasma detrás de la cortina. Pero sí, violencia explícita –repartida en tiempos definidos-, comportamientos por demás bizarros y secuencias que rozan lo surreal. La palabra para Midsommar sería, más bien, perturbadora. Por momentos desconcertante y hasta molesta, y ¿sabe qué? Esa esa intención, que salgamos del cine preguntándonos “¿qué acabó de ver?”.

Respecto a todo lo demás, la película es impecable en su producción. Visualmente la cinta mantiene un brillo luminoso inquietante, la arquitectura y diseño de producción dejan en claro la marca personal de Aster, quien, al igual que su obra anterior, juega con todas estas formas geométricas que conforman la puesta en escena y los colores lisos que la componen. Un cineasta con un sello autoral bastante definido y, por ende, uno de los directores de cine más interesante en la actualidad.

CALIFICACIÓN 8/10