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9 meses… de condena!

9 meses… de condena!

No cabe duda de que hay innumerables formas de contar una misma historia. Una jueza solitaria que dedica todas sus energías al trabajo y que guarda un profundo desprecio hacia los hombres desde su más tierna infancia. En una noche de desenfreno (algo completamente impropio de ella) queda embarazada de un hombre encarcelado por intento de robo y mutilación a un pobre anciano. Un tema escabroso pero ésto no es un drama sino una de esas comedias ligeras que tanto encanta al otro lado de los Pirineos.

La originalidad de la trama es uno de los puntos más fuertes de la obra aunque es cierto que algunos pasajes no están bien trazados y en los últimos compases la historia se desinfla. No estamos, por tanto, ante una de las comedías más chispeantes que se recuerden. Algunos gags están bien construidos, sin embargo otros llegan a lo estúpido.

En el reparto de actores merece la pena destacar el gran papel de Sandrine Kiberlain como la estricta jueza; consiguiendo dotar a su personaje de humanidad, evitando así resultar odiosa, lo que hubiera sido fácil con un personaje así. Logra incluso que el público pueda identificarse con ella. Con su trabajo consiguió el César a la mejor actriz. Premio más que merecido. Sin duda alguna, su interpretación es uno de los pilares fundamentales de la obra. Dando la réplica se encuentra Albert Dupontel (también director y guionista del film), como un analfabeto e histriónico delincuente de poca monta dispuesto a hacer todo lo posible para demostrar su inocencia. Los actores secundarios cumplen su función pero ninguno es realmente destacable. En cambio, hay que recalcar los sucesivos cameos que se suceden a través de la trama, enfatizando el de cierto actor galo oscarizado.

Gran número de comedias no sobresalen precisamente por una elaborada puesta en escena. Un claro y reciente ejemplo es la casi televisiva Ocho apellidos vascos. En cambio, en lugar de ser uno de los lastres, el apartado visual es una de las grandes bazas de 9 meses de condena. La fotografía y la ambientación evocan constantemente al cine de Jean-Pierre Jeunet pero menos recargado. Dupontel también nos ofrece varios planos secuencias realmente interesantes, destacando el que da comienzo al film. Partiendo de una fiesta de la que Fellini estaría orgulloso, la recorre de cabo a rabo para, a través de un viaje de un globo, terminar presentándonos a la protagonista dentro de su pequeña y solitaria oficina, aislada del mundo y de sus festejos. Desgraciadamente, al igual que sucede con la trama, este apartado también sufre un notable bajón al final de la historia.

No es ninguna obra maestra ni siquiera la mejor comedía salida del país galo en los últimos años pero es una obra amena y divertida. Puede que no dure mucho en la memoria pero consigue entretener al espectador en sus 85 minutos de duración. Tal vez a muchos les choquen las escenas más gore de la historia que contrastan notablemente con el resto de la obra. Precisamente es esto lo que da fuerzas a la escena, convirtiéndola sin duda en la parte más cómica de toda la trama.

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