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Criticas Cine

Paranoid Park, Gus Van Sant y aquellos que deambulan

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Todo parece transcurrir en aparente normalidad, con ellos sumergidos en un hipnótico vaivén que encuentra su punto más álgido cuando vuelan por los aires en una pequeña plataforma con ruedas. Es un momento único e irrepetible, efímero, en dónde su ir y venir parece cobrar sentido, algo que la mayoría de las veces no pueden decir del resto de su propia vida. No es que les haga falta algo, simplemente es un extraño sin sabor que impregna todo. Tampoco se están rebelando contra una sociedad a la que le parecieran ajenos, solo buscan un puente que les permita ir más allá de lo cotidiano y que les haga sentir que se puede hacer algo más que simplemente sobrevivir. De eso es que nos habla Paranoid Park (2007), una cinta que a través de larguísimos planos, filmados en diversos formatos (35 mm, Super 8), se sumerge en el inquietante mundo interior de los adolescentes.

Alex es la ventana de entrada, un chico que luego de una visita a ese paraíso de los aficionados a las patinetas llamado Paranoid Park, ubicado al lado de una estación de trenes, provoca por accidente la muerte de un guardia de seguridad. Este es el detonante y el paliativo, un hecho irreparable con el que tiene que cargar en soledad, porque en la vida, a pesar de estar rodeados de tanta gente, siempre estamos solos con nosotros mismos, y es precisamente en la adolescencia, que muchos lo hacemos consciente.

En Paranoid Park, el realizador estadounidense Gus Van Sant (Elephant, Last Days), tomando como base la novela original de Blake Nelson, vuelve a mostrar su enorme capacidad y sutileza para diseccionar el entramado emocional del ser humano. Esta vez la herramienta es una patineta, y la materia prima es la autenticidad de actores no profesionales -aquí si bien dirigidos y no como acostumbran algunos en el cine mexicano-, seleccionados a través del MySpace. Las interminables secuencias con el rostro lacónico del protagonista en primer plano, resultan seductoras e inquietantes. Es el reflejo de la búsqueda de muchos jóvenes que tratan de escapar a esa mediocre necesidad de encajar. Pero la cinta además motiva a una reflexión distinta, y es que tal vez no son ellos los que no se adaptan a este mundo, sino que este es víctima y amante de sus propios anacronismos negándoles la entrada.

PARANOID PARK
Francia / Estados Unidos, 2007
Director: Gus Van Sant
Reparto: Gabe Nevins, Dan Liu, Jake Miller, Taylor Momsen, Lauren McKinney, Olivier Garnier, Scott Green, Winfield Henry Jackson, Dillon Hines, Brad Peterson

Crítico de cine y analista de cómics. Ha sido editor en publicaciones como Cine Fantástico y Stage One. Ha colaborado en las revistas Chilango, Cine Premiere y Marvin, el periódico El Nuevo Mexicano, así como en programas para Telehit y Canal 22. Actualmente escribe en Revista Empire, Playboy y Time Out Mx, el sitio además de participar hablando de cine en Telehit. Es codirector de YouRockey en Web y YouTube.

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Criticas Cine

Jojo Rabbit: Ternura, emotividad, humor negro y el mejor mensaje anti bélico

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Al ver una representación de quien fuera líder del partido nazi esperamos un retrato, ya sea histórico o caricaturesco, más cercano al personaje segregador y absolutista. Sin embargo, el carisma de Taika Waititi se ve encarnado en un amigable Hitler al servicio de la imaginación de un común y adorable niño de diez años, eso sí, con un tremendo fanatismo por la ideología nazi. La primera película de Waititi tras su incorporación al universo de Marvel puede sentirse, en apariencia, incorrecta por varias razones (digo, ¿la historia del adoctrinamiento de un niño nazi?). Y más en estos tiempos donde hasta decirle gordo a un gordo se vuelve un insulto.

Taika Waititi es consciente de ello y con un humor sarcástico al estilo de South Park desarrolla las desventuras de Johannes, el niño nazi de diez años también conocido amistosamente como Jojo (Roman Griffin Davis). Basada (libremente) en la novela Caging Skies de Christine Leunens, estamos en algún poblado de la Alemania Nazi, la habitación de Jojo es un “santuario” al nazismo con pósters y esvásticas que denotan el orgullo ario del pequeño protagonista. Incluso, la secuencia de créditos iniciales nos muestra ese fanatismo por el Führer como si se tratara de alguna estrella de rock con imágenes de archivo de gente extasiada en los mítines nazis mientras de fondo suena una versión en alemán de I want to hold your hand de The Beatles (si a Waititi no le interesa ser correcto, menos el anacronismo de la música).

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El pequeño Jojo vive con su madre Rosie (Scarlett Johansson), quien adopta el papel de madre soltera tras la partida a la guerra de su esposo y la muerte de su hija mayor. La atractiva y bien intencionada madre lidia con condescendencia el feroz nacionalismo de su hijo, así que le concede su viaje al campamento de niños exploradores nazis donde Jojo estará dispuesto a aprender las utilísimas habilidades de disparar un arma, manejar dagas, odiar judíos y hacer una esvástica con el cuerpo. Lo más cercano a Disneylandia para un jovencito ario. Encima de todo, el pequeño es acompañado por su segundo mejor amigo (el primero es el Hitler imaginario, obvio) Yorki (una revelación el simpatiquísimo Archie Yates). Ambos quieren demostrar ante los chicos mayores que están a la altura de ser los guardias personales del Führer, pero un accidente mandará a Jojo de regreso a casa.

Waititi ha mostrado destreza para los personajes infantiles y los conflictos de la madurez. Desde su cortometraje nominado al Oscar, Two Cars, One Night (2004), pasando por los largometrajes Boy (2010) y Hunt for the Wilderpeople (2016), se ha visto una debilidad por el coming-of-age y siempre con facilidad para evadir los sentimentalismos. Jojo Rabbit en ese sentido se asemeja a Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012) al establecer un prohibido e inocente vínculo amoroso. En el caso de Jojo, el proceso de madurez parece ir en reversa, preocupado primero por la política y la situación de su país antes de las banalidades por las que un niño de su edad se preocuparía. Lo cierto es que esto se debe a su inocencia. Una que Elsa (Thomasin McKenzie), la adolescente judía escondida en la casa de Jojo, le ayudará a darse cuenta. El protagonista quiere ser un hombre antes de ser un niño.

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La película transmite una dulzura y un encanto cuyo humor ácido evita caer en lo empalagoso. Solo una mezcla adecuada de tonos y el humor efectivamente absurdo de Waititi (hilarante la secuencia donde un grupo de personas se saludan entre sí diciendo más de ¡30 veces! “Hail, Hitler”) pueden lograr esto. Quizá, estos elementos hagan sentir minimizado, durante buen lapso de la cinta, un contexto tan serio como el genocidio. No aplica el “no importa mientras sea divertido”. Llega el punto donde se corta esta atmósfera fársica y fantástica para darnos un pedazo de realidad.

Destacable el resto del reparto conformado por Stephen Merchant como un agente de la Gestapo, al igual que Sam Rockwell como el capitán Klenzendorf, un oficial militar degradado a encargarse del campamento de niños exploradores nazis (y después otra vez degradado a un puesto administrativo), quien junto a su fiel ayudante Finkel (Alfie Allen aka Reek aka Theon Greyjoy en Game of Thrones) y Rebel Wilson como instructora del campamento son un continuo gag en orden de empatizar y humanizar un estereotipo, otorgando un elemento conciliador, el cual se aleja de ridiculizar a los nazis para ofrecer una mayor humanidad y dimensión a dichos personajes.

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Ahí, me parece, radica el mayor mérito de Jojo Rabbit: evita la clásica división entre buenos y malos; para los niños nazis los judíos no eran más que monstruos con cuernos que adoraban la fealdad y dormían de cabeza. Pero, ninguna ideología evitará que seamos diferentes, porque que lo creamos no significa que sea cierto. Jojo tiene diez años al iniciar la película, al termino tiene diez y medio y el mejor mensaje anti bélico y conmovedor en mucho tiempo.

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Anime

En el Cumpleaños de Miyazaki, hablemos de El Viaje de Chihiro

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En una época en donde aún se pensaba que la animación era solo un producto para niños, y en la que predominaba el estilo hollywodense estandarizado -que cada cierto tiempo entregaba estupendas propuestas, no podemos negarlo- y un reciente enamoramiento por el CGI, irrumpió esta producción japonesa en 2D, para demostrar lo contrario y darle la bienvenida al nuevo siglo, haciéndosele paso con el favor del público y la crítica en general. Por supuesto, esto redundó en que se hiciera de diversos reconocimientos a nivel mundial, incluyendo el premio Oscar a la mejor película de su categoría, dejando en el camino -con justicia pero sorpresivamente- a favoritas del circuito comercial como Ice Age y Lilo & Stitch.

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La historia que el célebre y veterano director Hayao MiyazakiLa princesa Mononoke, Se levanta el Viento, EL Castillo Vagabundo– escribiera inspirándose en la hija de un amigo que solía visitarle, y que muchos relacionarían con Alicia en el País de las Maravillas -hay diversos paralelismos sin duda-, sigue los pasos de una niña de diez años que a regañadientes tiene que cambiar de casa junto con sus padres. De camino a su nuevo hogar toman un atajo y pierden el rumbo, lo que les lleva a recorrer un lugar aparentemente abandonado, en donde ellos comenten una terrible imprudencia, dejándole sola para enfrentar un mundo habitado por extraños seres en los que no sabe si puede confiar, y con reglas que no entiende.

El punto de partida es simple, sin embargo la sensibilidad del acercamiento que va develando la magia de lo cotidiano, es encantador e inquietante a la vez, y va envolviendo al espectador con metáforas y alegorías, hasta recordarle lo que representa dar rienda suelta a esa capacidad de sorprenderse que a veces ha quedado oculta y abrumada por cierta interpretación de la madurez. Pero el asunto va un poco más allá, a través de pasajes agridulces que encuentran en la poesía la mejor forma de vincular la realidad y la fantasía, plagados de dioses, espíritus, brujas, criaturas insólitas y otros bicharajos -a veces tan seductores como desagradables-, reflexiona acerca del egoísmo y el sacrificio, sobre la maldad y la culpa, sobre cómo la irresponsabilidad de los padres causa estragos en los hijos, sobre la pérdida de la inocencia, y por si fuera poco, bordea con dramatismo el tema de la prostitución infantil.

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El viaje de Chihiro, que se convirtió en la décimo tercera película de los Estudios Ghibli –Mi Vecino Totoro, La tumba de las luciérnagas-, sorprende por su belleza elocuente y seductora, la humanidad que impregna su estilo de aire tradicional y la naturalidad con que esto le sirve para reinventarse a cada instante, pero sobre todo, por el discurso profundo que le sustenta. Es una indispensable de la cinematografía. Sin duda se trata de un viaje alucinante y conmovedor, que se vuelve universal a través de lo extraordinario, cuya manufactura alcanza niveles de virtuosismo y debe ser considerada no solo una joya de la animación, sino del cine en general.

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Este texto originalmente fue publicado en Revista Empire México

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