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NIGHTSTREAM 2020: Dinner in America, linda y salvaje historia de amor y punk

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Criticas Cine

NIGHTSTREAM 2020: Dinner in America, linda y salvaje historia de amor y punk

Del creador de aquella brutal, explícita y demencial torture porn, The Bunny Game, llega Dinner in America, una simpática comedia (romántica) de humor negro, tintes coming-of-age y personajes al más puro estilo de Napoleon Dynamite, Ghost World y Hesher. Parte de la programación del festival NIGHTSTREAM, es el nuevo largometraje de Adam Rehmeier quien se aleja de la demencialidad de su primer filme para ofrecernos una historia más accesible (y entretenida), pero conservando esa misma esencia punk.

Dinner in America puede sentirse como una historia que ya hemos visto antes: dos marginados se conocen y se apoyan mutuamente desarrollando lazos que los unen para salir adelante. Sí, se escucha bastante genérico y aún así la película resulta bastante fresca y efectiva. Ambientada en Detroit, tenemos, de un lado, a Simon (Kyle Gallner), un desesperado junkie y dealer de poca monta con apariencia evidentemente punk quien intenta conseguir un poco de dinero extra sometiéndose a experimentos farmacéuticos, ahí conoce a una chica que le ofrece sexo. Para ello, lo invita a su casa donde primero tiene que comer junto a su típica familia estadounidense de clase media (padre aficionado a los deportes, hijo wannabe de jugador de americano, madre con represión sexual y la hija rebelde).

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Es evidente que Simon se siente fuera de lugar, pero, ¡vamos! ¿sexo gratis?, una oferta que difícilmente nuestro protagonista rechazaría. Tanto así que cuando la madre (Lea Thompson) se le insinúa, no duda en aprovechar la oportunidad. Obvio, eso le trae problemas que desembocan en la precipitada huida del protagonista no sin antes incendiar el jardín. Allí, en esas descontroladas situaciones es donde Simon se siente cómodo, porque, en resumidas cuentas, él es un imán de problemas. 

Por otro lado, tenemos a Patty (fantástica Emily Skeggs), una joven chica constantemente bulleada en la parada del autobús por dos deportistas que la llaman “retardada”. En su hogar la cosa tampoco cambia mucho. Su familia, la cual representa otro tradicional núcleo de clase media (padres conservadores, hijo menor quejumbroso y la hija rara, Patty), la trata, aunque de forma sutil y políticamente correcta, como si en verdad tuviera una discapacidad mental. 

Lo cierto es que Patty solo es una chica retraída, inocente y con una personalidad tipo Napoleon Dynamite (de pena ajena y a la vez ternura cuando juega basquetbol afuera de su casa), cuya única satisfacción es escuchar a su banda favorita Psyops, mientras hace un ridículo mosh pit en su habitación para despues masturbarse, tomar una foto y enviarla por correo junto con un poema al vocalista de la banda: el enigmático y anónimo John Q. Public, quien en realidad es Simon (no es spoiler, aclaro).

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Para colmo, Patty es despedida de su trabajo en una tienda de mascotas por no ser bonita. Mientras, Simon se vuelve un prófugo de 5 mil dólares de recompensa por incendiar el mentado jardín. Dadas las circunstancias, ambos se conocen. El personaje de Gallner utiliza a Patty para esconderse de la policía, pero, eventualmente, le ayuda a hacer frente a los bullies, así como ella descubrirá el lado considerado y protector de aquel buscapleitos drogadicto. 

Todo esto parece muy cursi y trillado, puede pensar usted. No lo es. Rehmeier, quien también escribió el guión y fungió como editor, le proporciona a la película una furiosa energía a través de sintetizadores, guitarrazos distorsionados y rock en un frenético montaje que, por momentos, se vuelve hasta desorganizado y abrupto. Además, Dinner in America tiene una esencia digna de la incorrección política de los 90 ‘s, incluso, sin que la película lo especifique me atrevería a decir que está ambientada en esa época. Hay un manifiesto humor ofensivo y una continua atmósfera expresada por los protagonistas de “a la mierda todo”.

Hacia cierto punto, Rehmeier deja la agresividad para entrar a terrenos del coming-of-age con Patty descubriendo cómo funciona el mundo y dándose cuenta que no tiene nada de malo no ser igual a todos. Los protagonistas son continuamente criticados sin una razón válida. A Patty no la bajan de “retrasada” y a Simon de “problemático”, de hecho, la propia familia (otro típico núcleo familiar, esta vez de clase alta) del chico le incomoda su presencia y lo único que se les ocurre cuando lo ven es un “¿Qué haces aquí?”.

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Lo que en un principio parecía una dupla de distante afinidad se transforma en una linda conexión entre los personajes, cuyas ásperas personalidades se vuelven auténticas y genuinas -gran mérito del trabajo de Skeggs y Gallner-. Ambos encuentran su propósito en la música cuyo punto culminante llega en una hermosa secuencia donde Emily Skeggs muestra un enorme talento para la cantada en la pegadiza ‘Watermelon’, canción compuesta para la película por el propio Rehmeier. 

Dinner in America tiene mucha personalidad. No estamos ante la común historia de cambio y aceptación. Más bien, como dicta la canción interpretada por Skeggs, es un tremendo: ¡Fuck the rest of them, fuck them all!… but us (‘¡Que se jodan el resto de ellos, que se jodan todos!… menos nosotros’).

Nota: Los finales con protagonistas bailando, como en Jojo Rabbit y Dogs Don’t Wear Pants, se están poniendo de moda.

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