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Nadie sabrá nunca, un retrato sobre la normalización del machismo

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Nadie sabrá nunca, un retrato sobre la normalización del machismo

Las costumbres mexicanas siempre se han caracterizado por una ironía. Una contradicción con la que todavía lidiamos para ponernos de acuerdo: somos un país que pretende progresar a través de mentalidad liberal, pero con tradiciones conservadoras muy arraigadas. Aún son comunes ciertos roles familiares: la madre, devota a sus hijos e indulgente con su esposo; los hijos, si son varones destinados a seguir los pasos laborales y sociales de su padre, y si son mujeres deben aprender cómo ser buenas esposas. Y si se trata de algún pueblo de provincia ni se diga.

Encima de todo, siempre hemos tenido esperanzas de un país primermundista, cuando en realidad sobrevivimos siendo uno de tercer mundo. Es bien sabido que durante nuestra historia cuando mejor pintan las cosas es cuando cuando peor nos va. A finales de los 70, el gobierno de José López Portillo prometía un progreso como nunca y, bueno todos sabemos la historia. Es justo en esta época y en este contexto que está ambientada la opera prima de Jesús Torres Torres, Nadie Sabrá Nunca.

Lucía (Adriana Paz) sueña con una vida diferente a la que le ofrece su pueblito rural a través de románticas radionovelas que provocan suspiros en cualquier señora lavando ropa. Su pequeño hijo, Braulio (Luciano Martínez), fantasea con aventuras del western mexicano que ve en la tele de la tiendita de la esquina. Su esposo, Rigoberto (Jorge A. Jiménez), es el único que adopta su rol de padre de familia chambeador y conservador.

Nadie sabrá nunca retrata esa vida de sueños en medio tradiciones. Lucía está consciente que para progresar hay que salirse del esquema, tal y como lo hizo su hermana quien desde hace años tiene una vida en la ciudad, rumbo que Lucía pretende para su pequeño hijo. Sin embargo, Rigoberto, influenciado también en parte por su hermana Berta (Arcelia Ramírez), desaprueba la decisión.

La película refleja una realidad que aún se vive: el machismo, lo peor de todo es que se trata de un machismo aceptado. Se normaliza lo anormal. El personaje de Paz va contracorriente y ella de alguna manera lo sabe, pero pesa más el amor a su hijo que el hecho de acatar las normas sociales.

Torres Torres opta por contar esta historia basada en experiencias propias de manera solemne, donde se necesita más paciencia que atención. En general, Nadie sabrá nunca termina siendo un adecuado retrato de las costumbres rurales y el contraste entre la mentalidad y las tradiciones.

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