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Mujercitas, cada decisión importa

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En la secuencia inicial de la nueva adaptación Little Women (Mujercitas), de Louisa May Alcott, el editor de una revista le dice a la protagonista tras leer su cuento: “Si el personaje principal es una mujer, se debe de casar al final… o morir, cualquiera de las dos”. El nuevo largometraje de aclamada Greta Gerwig retoma los temas de su película anterior, Lady Bird (2017), con la búsqueda de una joven chica por encontrar su lugar en el mundo. Esto, otra vez encarnado por Saoirse Ronan como Jo.

Jo, por supuesto, es renuente a la idea que le expresa el editor y que, en general, es una creencia popular: el objetivo de toda mujer es casarse para asegurar su futuro o morir como mártir. En la segunda mitad del siglo XIX, el rechazo a esta creencia no es más que una postura rebelde y, de paso, el defenderla es una labor titánica, orillando a la protagonista al punto de negar sus propias emociones en beneficio de sus convicciones.

Caso contrario sucede con sus hermanas. Meg (Emma Watson), la hermana mayor, de paciencia envidiable otorgada por su rol jerárquico para fungir como moderadora en los pleitos de sus hermanas, principalmente, los de Jo con Amy (Florence Pugh), una coqueta chica con gusto por la pintura y deseos de éxito y relevancia social; aquí, es la tercera de las hermanas, apenas un poco más grande que la menor de las March, Beth (Eliza Scalen), una altruista e introvertida niña con tremendo talento para el piano.

El talento de Jo es la literatura, razón de sus ideas bohemias y vía por la cual Gerwig plantea una especie de homenaje al feminismo de Alcott. Estos ideales chocan continuamente con los de Amy propiciando una especie de competencia, sin embargo, su choque tiene que ver más con la igualdad de carateres, ambas de gran perseverancia y voluntad, eso sí, cada una desarrollándola a su manera. En medio de la dinámica hogareña de las hermanas se encuentra el apuesto y adinerado Laurie (Timothée Chalamet), un bien intencionado vecino con interés, no correspondido, en Jo y el amor platónico de Amy.

Gerwig estructura la historia a manera de segmentos que entrelazan futuro y pasado sin mayor aviso que un corte. Al principio podemos sentir esto como una abrupta digresión en la narrativa, hasta que entendemos, a través de situaciones, que la audaz decisión de Gerwig está relacionada con un propósito de causa-efecto emocional en los personajes. Es decir, la directora nos muestra las consecuencias de ciertas decisiones o la causa de ciertos acontecimientos.

Todo ello con el fin de plantear con mayor precisión el hecho de madurar y construir una vida, donde tanto errores y aciertos son igual de importantes. En ese sentido, Mujercitas no sólo entra en territorios del melodrama, sino también del coming-of-age. Lo cierto es que la intención principal de la cineasta es develar un mensaje para cualquier generación, uno cuyo concepto se refiere a que refutar las ideas populares no es signo de independencia. Jo se rehúsa al matrimonio por considerarlo un “contrato económico”, pero, quizá haya más razones para comprometerse con una persona. “Que mis sueños no sean iguales a los tuyos no significa que no sean importantes”, le dice Meg a Jo en algún punto de la historia, en un intento de hacerle entender que no diferir de las creencias populares también es libertad.

En general, Mujercitas es un retrato de la perspectiva que tienen los hombres, la sociedad y las propias mujeres de sí mismas, y de que todas las decisiones son igual de valiosas. Puede haber un sentimentalismo impregnado en cada secuencia de la cinta y que el clímax se sienta anticlimático y genérico, sin embargo, las tremendas actuaciones del elenco también conformado por Laura Dern, Meryl Streep, Bob Odenkirk y Louis Garrel (para deleite de los fans del actor y por si hacía falta embellecer más la pantalla) forman una complicidad a favor de un relato sobre identidad.

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