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Mórbido 2018: Parallel, Ezban explora las posibilidades de los universos alternos

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Isaac Ezban es una total realidad en el cine fantástico mexicano. Desde su opera prima, El Incidente (2015), ya proponía un cine diferente al de los estándares nacionales con historias que plantean un horror psicológico propiciado de un hecho inexplicable que pone a los personajes en una posición de inutilidad, simplemente sobreviviendo a las reglas de lo que les acontece. En Los Parecidos (2016) siguió con esta temática, donde un grupo de personas se encuentran atrapadas en una estación de autobuses cuando un extraño fenómeno comienza a ocurrir.

Ahora, con su tercera película y la primera hablada en inglés, Ezban retoma desde otra perspectiva este juego de cambio de identidad así como lo intimidante de lo infinito. Parallel nos plantea la historia de cuatro jóvenes amigos que encuentran en un espejo el pasaje a diferentes universos alternos, convirtiéndose en su secreto, herramienta y perdición. Leena (Georgia King), Devin (Aml Ameen), Josh (Mark O’Brien) y Noel (Martin Wallström) son estos roomies que intentan emprender en su propias ramas: la primera como una artista, mientras los otros en terminar una app sobre espacios de estacionamiento que les permita obtener los fondos para negocios más importantes.

Una empresa está dispuesta a ayudarlos pero les exige completar la app en tan sólo unos días. Es aquí cuando encuentran la utilidad del portal, puesto que el tiempo transcurre más lento en los universos alternos ven la oportunidad de terminar el trabajo en alguno de esos “alts”. Cuando un ex compañero de trabajo les roba toda su labor, deciden a explotar todas la posibilidades del espejo manipulando el destino para hacer realidad cada uno de sus sueños.

Obviamente, cuando miramos una película que gira alrededor de un objeto “mágico”, sabemos de antemano que nada va a salir bien. La avaricia, traición y la sensación de poder surgen para arruinar no sólo la vida de los personajes involucrados, sino también la de los mismos personajes pero en una dimensión alterna. Pese que no es un guion escrito por Ezban, se siente como algo totalmente suyo, como una de sus terroríficas historias que dan pie a muchas más posibilidades.

La filmografía de Ezban bien podría ser una antología de relatos de misterio y horror ambientados en el mismo universo (o universos) con Parallel estableciendo la conexión entre todos. Quizá me haya mal-viajado con esta idea, pero la nueva película de Ezban es justo eso, un mal-viaje el estilo de The Twilight Zone (1959-1964).

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Mórbido 2018: Mandy, Heavy Metal hecho película…con ácidos

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Panos Cosmatos, hijo del director George P. Cosmatos (Rambo II, Cobra, entre otras), consolidó su estilo con tal sólo su opera prima, aquel impresionante viaje onírico lleno de luces y colores saturados, Beyond the Black Rainbow (2010). Ahora, 8 años después, Mandy sigue con ese “trance” (si se le puede llamar así) que confirma una de las máximas en el cine: importa más el cómo que el qué.

Cosmatos apuesta por ofrecerle al espectador una experiencia. Y vaya experiencia. Podemos describir su nueva película como un viaje sensorial y visceral que aborda una premisa sencilla pero poderosa: Red (Nicolas Cage) es un leñador con una vida tranquila y feliz a lado de sus esposa Mandy (una impresionante Andrea Riseborough). Un buen día, Jeremiah (Linus Roache), el líder de un culto religioso, ve a Mandy paseando por los bosques de la región, lo cual le despierta una obsesión por ella, así que le pide a su grupo de seguidores que invoquen a unos demonios motociclistas para consumar su secuestro.

La cinta tiene dos partes muy marcadas: En la primera mitad conocemos a los personajes y vemos cómo se lleva a cabo el secuestro y eventual cortejo de Jeremiah a Mandy a través de un ritmo pausado y onírico que se acerca a Beyond the Black Rainbow; todo culmina con la brutal tortura hacia la pareja donde Mandy es quemada viva frente a Red, haciéndole ver y vivir a éste el infierno en carne propia. La segunda mitad es justo el viaje de Cage a ese infierno para vengar la muerte de su esposa.

A partir de aquí, el protagonista se embarca en una demencial travesía donde nos alejamos del cadencioso ritmo de la primera mitad para darle paso a la total violencia gráfica con momentos por demás hilarantes y espectaculares: Una pelea en la cual se utilizan motosierras eléctricas como si fueran espadas, Red pasando del llanto al encabronamiento en un instante porque le arruinaron su playera favorita, breves y siniestras secuencias animadas que sueña el protagonista, Cage en una demencial interpretación donde inhala un puñado de cocaína o cuando enciende un cigarro de la cabeza decapitada en llamas de uno de los demonios motociclistas… Si alguna vez se preguntó cómo serían las escenas idóneas de una película para ambientarse con música de metal, bueno, Cosmatos y Jóhann Jóhannsson le dan la respuesta.

Mandy se siente como la materialización en imágenes de un disco de metal progresivo, con un toque retro en lo visual y sonoro (la película está ambientada en 1983). Cosmatos entrega un festín a los amantes del cine de género que difícilmente olvidarán, se trata de una de esas experiencias que forzosamente se tienen que ver en pantalla grande para disfrutar por completo. Como una historia de venganza, sabemos muy bien cuál será el desenlace pero eso no es lo que importa, sino cómo será.

Imagine una mezcla visual entre Suspiria (Dario Argento, 1977) o Inferno (Dario Argento, 1980) con las luces epilépticas tipo Gaspar Noé y una atmósfera a lo David Lynch en ácidos… pues eso es Mandy, la cual se posiciona como una de las mejores películas del género en los últimos años.

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