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Reviews Cine

Milla: De la vida sin techo a la vida doméstica

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Milla (Severine Jonckeere) se instala ilegalmente junto a su novio Leo (Luc Chessel) en una casa abandonada cerca de una zona costera. Dejan la vida en el bosque para intentar encontrar lo que muchos vivimos sin darnos cuenta. Los vemos conversar y bromear a la luz de las velas mientras comen sándwiches de jamón y queso, y vuelven el lugar habitable poco a poco acumulando objetos domésticos sacados de la basura o robados. El sueño de algunos es simplemente vivir la normalidad.

La película de la francesa Valerie Massadian retrata los momentos mundanos de una joven mujer que busca la estabilidad con su pareja, quien consigue trabajo en un buque de pesca. En algún punto ella queda embarazada y ellos son felices. La directora no busca el melodrama, estamos lejos de una historia de tragedia a pesar que el mayor conflicto y giro en la trama es la accidental muerte de Leo.

Massadian resuelve esto de manera de manera sencilla sin aspavientos. En dos secuencias nos enteramos de la muerte de la pareja de Milla y de su nuevo trabajo como una mujer de intendencia en algún hotel y ya con un notorio embarazo. Allí hace una nueva amiga con quien compartirá estos momentos de la película, sin embargo, antes de profundizar más, nos encontramos con otro giro abrupto donde de un corte a otro ya vemos a la protagonista con su pequeño hijo Ethan en un pequeño pero cómodo departamento. La vida no la ha ignorado por completo.

La directora sugiere la tan anhelada estabilización de la protagonista. Durante esos momentos en el último acto la vemos feliz junto a su hijo, compartiendo las banalidades de la normalidad tal y como lo hacía con Leo al principio de la cinta. En la transición hacia la adultez los huecos ambiguos que deliberadamente deja Massadian, lo cual a algunos asombrará y a otros aburrirá. Qué más remedio, así es la vida.

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Cine Mexicano

El Hombre Detrás de la Máscara

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El Santo regresa al cine. No de la forma en la que nos acostumbramos a verlo: peleando contra zombies, vampiros, momias, monstruos y un largo etcétera; sino que, esta vez, de una forma mucho más íntima de la mano del heredero del legado, El Hijo del Santo. Como su nombre lo refiere, El hombre detrás de la máscara, documental dirigido por Gabriela Obregón, intenta mostrar el lado más personal de aquel héroe popular.

Al inicio de la cinta se nos advierte que todo lo relatado parte desde un punto de vista subjetivo. Esto porque conocemos la historia de Rodolfo Guzmán, El Santo, a través de la historia de su hijo. Pese a la gran cantidad de declaraciones de familiares, amigos, colegas y expertos, se nos acerca al primer Enmascarado de Plata por las anécdotas propias de El Hijo del Santo.

Entre esas anécdotas se destaca, por ejemplo, cuando el sucesor luchístico relata el momento en que se enteró que su padre era el legendario Santo: Un día, su padre lo invita a su “trabajo”, mientras viajaban en el automóvil un grupo se gente se acercó a las ventanas, entre gritos y manoteos, el pequeño Hijo del Santo no comprendía qué pasaba; cuando volteó al asiento trasero, donde se encontraba su padre, se dio cuenta que en su lugar estaba El Santo.

De igual manera, recuerda cuando su padre falleció e incluso en un momento tan personal tuvo que portar la máscara por la cantidad de prensa que había. De este tipo de anécdotas está llena El hombre detrás de la máscara, a la vez que se muestra una gran cantidad de imágenes de archivo inéditas donde vemos a un joven Santo compartir momentos con su familia, y videos caseros de El Hijo del Santo en sus viajes por Europa.

El problema es que esa advertencia del principio sobre el punto de vista subjetivo pareciera más una justificación a la especie de auto promoción que termina siendo la película. La historia del Santo original se vuelve un mini homenaje dentro del arco principal que es la vida del hijo. Carece de la objetividad necesaria para hacernos creer por sí solos en el mito que significa El Santo dentro de nuestra cultura popular, como sucede al inicio de la película.

En cambio, se nos intenta convencer de que la explotación comercial del personaje es necesaria para su preservación. Ni siquiera hay una declaración por parte de algún periodista o experto que equilibre la balanza. Todo en pantalla se siente meticulosamente controlado para no afectar de ningún modo la imagen del protagonista y productor de la cinta, minimizando, sin querer, lo temas relevantes que toca en algún punto, por ejemplo, la lucha y sacrificios que ha tenido que afrontar fuera del ring para conservar el anonimato de su persona y el misticismo de su personaje.

Se nota la gran labor de El Hijo del Santo en pro de mantener vigentes los recuerdos de su padre, sin embargo, el enfoque que se la otorga al documental, irónicamente, nos deja justo con la idea contraria que se pretendía dar.

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