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Criticas Cine

Leto: Un verano de amor y rock

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Hype Film / KinoVista

Leto es una oda al rock’n’roll de la década de los 70. El largometraje plasma los valores de la inconformidad y el hedonismo con toques nihilistas que caracterizaron el movimiento punk. Los protagonistas analizan obsesivamente las canciones de David Bowie, T. Rex, Iggie Pop y Lou Reed, mientras tratan de recrear su magia.

El director se centra en la relación entre los dos músicos, Viktor y Mike. Su amistad se nutre de una rivalidad sana y de admiración mutua. Para ambos, la música es mucho más importante que cualquier problema terrenal. El relato se centra su juventud; la fama es una quimera a perseguir mientras tratan de disfrutar al máximo de cada momento. Su actitud punk los convierte en enemigos del estado y sus canciones rock conforman una protesta contra el régimen.

La noción del arte para “pasarlo bien”, que tanto enfatizan los protagonistas, se traslada al guion y al estilo visual de la misma película. Se añaden diversas secuencias musicales que mezclan acción con complejas coreografías; Cabe destacar la interpretación de Psycho killer durante una pelea en un tren. Tras estos desvíos ocasionales de la trama, aparece un personaje que rompe la cuarta pared para recordar al público que la representación de los eventos es una exageración de la vida real. La imaginación del director también participa en el film a través de dibujos a mano sobre los fotogramas.

En definitiva, Leto hará disfrutar a todo fan del rock de los 70 mediante sus constantes referencias al género y a sus pioneros. El director captura la esencia DIY (do it yourself) de la música de la época y la presenta envuelta en un aura de fantasía. Todos estos elementos encajan a la perfección para expresar las tribulaciones de dos músicos que anhelan la libertad absoluta durante la represión comunista.

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Criticas Cine

Jojo Rabbit: Ternura, emotividad, humor negro y el mejor mensaje anti bélico

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Al ver una representación de quien fuera líder del partido nazi esperamos un retrato, ya sea histórico o caricaturesco, más cercano al personaje segregador y absolutista. Sin embargo, el carisma de Taika Waititi se ve encarnado en un amigable Hitler al servicio de la imaginación de un común y adorable niño de diez años, eso sí, con un tremendo fanatismo por la ideología nazi. La primera película de Waititi tras su incorporación al universo de Marvel puede sentirse, en apariencia, incorrecta por varias razones (digo, ¿la historia del adoctrinamiento de un niño nazi?). Y más en estos tiempos donde hasta decirle gordo a un gordo se vuelve un insulto.

Taika Waititi es consciente de ello y con un humor sarcástico al estilo de South Park desarrolla las desventuras de Johannes, el niño nazi de diez años también conocido amistosamente como Jojo (Roman Griffin Davis). Basada (libremente) en la novela Caging Skies de Christine Leunens, estamos en algún poblado de la Alemania Nazi, la habitación de Jojo es un “santuario” al nazismo con pósters y esvásticas que denotan el orgullo ario del pequeño protagonista. Incluso, la secuencia de créditos iniciales nos muestra ese fanatismo por el Führer como si se tratara de alguna estrella de rock con imágenes de archivo de gente extasiada en los mítines nazis mientras de fondo suena una versión en alemán de I want to hold your hand de The Beatles (si a Waititi no le interesa ser correcto, menos el anacronismo de la música).

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El pequeño Jojo vive con su madre Rosie (Scarlett Johansson), quien adopta el papel de madre soltera tras la partida a la guerra de su esposo y la muerte de su hija mayor. La atractiva y bien intencionada madre lidia con condescendencia el feroz nacionalismo de su hijo, así que le concede su viaje al campamento de niños exploradores nazis donde Jojo estará dispuesto a aprender las utilísimas habilidades de disparar un arma, manejar dagas, odiar judíos y hacer una esvástica con el cuerpo. Lo más cercano a Disneylandia para un jovencito ario. Encima de todo, el pequeño es acompañado por su segundo mejor amigo (el primero es el Hitler imaginario, obvio) Yorki (una revelación el simpatiquísimo Archie Yates). Ambos quieren demostrar ante los chicos mayores que están a la altura de ser los guardias personales del Führer, pero un accidente mandará a Jojo de regreso a casa.

Waititi ha mostrado destreza para los personajes infantiles y los conflictos de la madurez. Desde su cortometraje nominado al Oscar, Two Cars, One Night (2004), pasando por los largometrajes Boy (2010) y Hunt for the Wilderpeople (2016), se ha visto una debilidad por el coming-of-age y siempre con facilidad para evadir los sentimentalismos. Jojo Rabbit en ese sentido se asemeja a Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012) al establecer un prohibido e inocente vínculo amoroso. En el caso de Jojo, el proceso de madurez parece ir en reversa, preocupado primero por la política y la situación de su país antes de las banalidades por las que un niño de su edad se preocuparía. Lo cierto es que esto se debe a su inocencia. Una que Elsa (Thomasin McKenzie), la adolescente judía escondida en la casa de Jojo, le ayudará a darse cuenta. El protagonista quiere ser un hombre antes de ser un niño.

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La película transmite una dulzura y un encanto cuyo humor ácido evita caer en lo empalagoso. Solo una mezcla adecuada de tonos y el humor efectivamente absurdo de Waititi (hilarante la secuencia donde un grupo de personas se saludan entre sí diciendo más de ¡30 veces! “Hail, Hitler”) pueden lograr esto. Quizá, estos elementos hagan sentir minimizado, durante buen lapso de la cinta, un contexto tan serio como el genocidio. No aplica el “no importa mientras sea divertido”. Llega el punto donde se corta esta atmósfera fársica y fantástica para darnos un pedazo de realidad.

Destacable el resto del reparto conformado por Stephen Merchant como un agente de la Gestapo, al igual que Sam Rockwell como el capitán Klenzendorf, un oficial militar degradado a encargarse del campamento de niños exploradores nazis (y después otra vez degradado a un puesto administrativo), quien junto a su fiel ayudante Finkel (Alfie Allen aka Reek aka Theon Greyjoy en Game of Thrones) y Rebel Wilson como instructora del campamento son un continuo gag en orden de empatizar y humanizar un estereotipo, otorgando un elemento conciliador, el cual se aleja de ridiculizar a los nazis para ofrecer una mayor humanidad y dimensión a dichos personajes.

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Ahí, me parece, radica el mayor mérito de Jojo Rabbit: evita la clásica división entre buenos y malos; para los niños nazis los judíos no eran más que monstruos con cuernos que adoraban la fealdad y dormían de cabeza. Pero, ninguna ideología evitará que seamos diferentes, porque que lo creamos no significa que sea cierto. Jojo tiene diez años al iniciar la película, al termino tiene diez y medio y el mejor mensaje anti bélico y conmovedor en mucho tiempo.

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Anime

En el Cumpleaños de Miyazaki, hablemos de El Viaje de Chihiro

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En una época en donde aún se pensaba que la animación era solo un producto para niños, y en la que predominaba el estilo hollywodense estandarizado -que cada cierto tiempo entregaba estupendas propuestas, no podemos negarlo- y un reciente enamoramiento por el CGI, irrumpió esta producción japonesa en 2D, para demostrar lo contrario y darle la bienvenida al nuevo siglo, haciéndosele paso con el favor del público y la crítica en general. Por supuesto, esto redundó en que se hiciera de diversos reconocimientos a nivel mundial, incluyendo el premio Oscar a la mejor película de su categoría, dejando en el camino -con justicia pero sorpresivamente- a favoritas del circuito comercial como Ice Age y Lilo & Stitch.

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La historia que el célebre y veterano director Hayao MiyazakiLa princesa Mononoke, Se levanta el Viento, EL Castillo Vagabundo– escribiera inspirándose en la hija de un amigo que solía visitarle, y que muchos relacionarían con Alicia en el País de las Maravillas -hay diversos paralelismos sin duda-, sigue los pasos de una niña de diez años que a regañadientes tiene que cambiar de casa junto con sus padres. De camino a su nuevo hogar toman un atajo y pierden el rumbo, lo que les lleva a recorrer un lugar aparentemente abandonado, en donde ellos comenten una terrible imprudencia, dejándole sola para enfrentar un mundo habitado por extraños seres en los que no sabe si puede confiar, y con reglas que no entiende.

El punto de partida es simple, sin embargo la sensibilidad del acercamiento que va develando la magia de lo cotidiano, es encantador e inquietante a la vez, y va envolviendo al espectador con metáforas y alegorías, hasta recordarle lo que representa dar rienda suelta a esa capacidad de sorprenderse que a veces ha quedado oculta y abrumada por cierta interpretación de la madurez. Pero el asunto va un poco más allá, a través de pasajes agridulces que encuentran en la poesía la mejor forma de vincular la realidad y la fantasía, plagados de dioses, espíritus, brujas, criaturas insólitas y otros bicharajos -a veces tan seductores como desagradables-, reflexiona acerca del egoísmo y el sacrificio, sobre la maldad y la culpa, sobre cómo la irresponsabilidad de los padres causa estragos en los hijos, sobre la pérdida de la inocencia, y por si fuera poco, bordea con dramatismo el tema de la prostitución infantil.

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El viaje de Chihiro, que se convirtió en la décimo tercera película de los Estudios Ghibli –Mi Vecino Totoro, La tumba de las luciérnagas-, sorprende por su belleza elocuente y seductora, la humanidad que impregna su estilo de aire tradicional y la naturalidad con que esto le sirve para reinventarse a cada instante, pero sobre todo, por el discurso profundo que le sustenta. Es una indispensable de la cinematografía. Sin duda se trata de un viaje alucinante y conmovedor, que se vuelve universal a través de lo extraordinario, cuya manufactura alcanza niveles de virtuosismo y debe ser considerada no solo una joya de la animación, sino del cine en general.

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Este texto originalmente fue publicado en Revista Empire México

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