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Happy End: La infeliz familia que no le hace honor al título

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Michael Haneke no es precisamente un gran admirador de los smarphones y las redes sociales, recordemos que ya antes había relacionado en temática alguna de sus películas con la tecnología (Benny’s Video, por ejemplo) no de manera muy amistosa. En Happy End, de forma inteligente aprovecha eso como parte de la narrativa y plantea una ligera pero acida crítica.

Lo primero que vemos al inicio de la película es la pantalla de un celular justo al centro de nuestra pantalla. A través de una aplicación observamos la rutina de una mujer antes de irse a dormir, con comentarios que anticipan cada una de sus acciones. En total son cuatro videos de este tipo que se intercalan con los créditos iniciales, cada uno nos da un contexto y en conjunto hilan una pequeña historia tan sórdidamente divertida como desconcertante. Hay que decirlo, esta especie de introducción es una manera bastante original de plantear el plot point.

La autora de los videos es Eve (Fantine Harduin), una niña de 13 años que se va a vivir con su familia paterna debido a que envenenó a su madre y ahora ésta se encuentra hospitalizada. Su padre, Thomas ( Mathieu Kassovitz), se divorció hace años y ya tiene una nueva esposa y un hijo, quienes viven en una gigantesca casa burguesa con el patriarca de la familia Georges (Jean-Lous Trintignant), octogenario abuelo de Eve el cual ya padece cierta demencia que inevitablemente, y de manera hasta cómica, recuerda al abuelo de Stan en South Park con su perdida de memoria (a veces no recuerda a su nieta) y sus tendencias suicidas (que en el clímax de la historia recaen sobre Eve, tal y como en la serie de Parker y Stone).

En la casa también viven Anne (Isabelle Huppert), hermana de Thomas y quien intenta mantener a flote a la familia al estar a cargo del negocio familiar –una compañía de construcción-, su rebelde hijo adulto Pierre (Franz Rogowski) y unos sirvientes marroquíes. Como los videos al inicio, Haneke estructura la historia de esta infeliz familia de clase alta, los Laurent, con secuencias independientes que en primera instancia no parecen tener conexión. Son frecuentes las pantallas de celulares y computadores donde, además de videos, se ven conversaciones en una red social que remite a Facebook.

No podríamos definir una trama como tal, Happy End básicamente repasa los problemas de cada uno de sus personajes: Anne batalla con las repercusiones de un accidente en una construcción y con los arranques de locura de su hijo. Thomas intenta conectar con Eve, lo cual empeora cuando ella descubre que su padre tiene una aventura. Georges se siente harto y simplemente quiere dejar este mundo, y Eve al parecer heredó ciertas actitudes y sentimientos de su abuelo. De igual manera, está presente una representación de los refugiados en Francia, específicamente, en una de las ciudades donde más se habla del tema, Calais: los criados marroquíes y un grupo de afroamericanos están ahí, pero pareciera que los protagonistas sólo los toman en cuenta bajo ciertas circunstancias y no como parte de una convivencia, es decir, los Laurent se concentran tanto en sus propios problemas de ricos que ignoran cuestiones mayores. Aunque Haneke no los juzga, más bien, ejemplifica un comportamiento común. Algo que no termina de funcionar y se siente intrascendente.

La tecnología, por su parte, tiene una participación notable. Para Eve, como para cualquier infante nacido después del 2000, el internet y los teléfonos inteligentes son elementos incrustados por default en su vida. Revisar las conversaciones de su padre es algo tan normal como grabar la muerte de su mascota y el envenenamiento de su madre. Como si existiera la inconsciente idea de que las redes sociales validan e indultan los actos.

Hay aspectos que remiten al trabajo anterior del director austriaco, la multi galardonada Amour (2012): algunos personajes tienen los mismos nombres, pero la relación más explicita es la de Trintignant, quien además del nombre, mantiene la relación ficticia de padre con Isabelle Huppert y la forma de morir de su esposa. Sin embargo, lo cierto es que Happy End se encuentra rezagada respecto a aquella obra mayor. Mientras uno se adentra en la trama, espera un poderoso desenvolvimiento de los sucesos. Empero, nunca se le hace total honor a la posible ironía del título.

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