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Familia de medianoche: Sobreviviendo a un sistema roto

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Familia de medianoche: Sobreviviendo a un sistema roto

Al inicio del documental Familia de Medianoche aparece una leyenda: “En la Ciudad de México hay menos de 45 ambulancias gubernamentales para 9 millones de personas”, una frase que te hace sentir poco más que indignado de la evidente carencia de un servicio público orillado a ser cubierto por particulares. Muchas de las ambulancias en la ciudad son privadas, sin embargo, estamos tan adaptados a la deficiencia que la normalizamos e ignoramos el hechi. El cineasta norteamericano Luke Lorentzen elabora un retrato de esta situación, pero sin la mínima intención de juzgar.

La mayoría de las veces para exponer un problema es más efectiva una mirada imparcial que la denuncia explícita. Familia de Medianoche se limita a mostrarnos la rutina nocturna de una familia que maneja una ambulancia particular. No intenta indagar en el trasfondo del problema (un deficiente servicio de salud), sino en la humanidad de sus actores. Poquísimas veces vemos alguna interacción del director con los protagonistas, la familia Ochoa: un padre y sus dos hijos, un joven muchacho y un niño, quienes salen cada noche en busca de lesionados.

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Precisamente, el énfasis en la dinámica familiar de los Ochoa mientras esperan en alguna avenida de la Ciudad de México y lidian con la policía, el hambre o el sueño provoca la suficiente empatía para nosotros mismos entender la dimensión del problema. “Quisiera que un día no saliera ninguna ambulancia particular y se dieran cuenta”, dice el hijo mayor tras enfrentarse a las complicaciones de cada noche, gente que no quiere pagar por el servicio o policías que pretenden “sacar su parte”.

El hecho de que la familia Ochoa maneje una ambulancia convencional independiente-cuyo funcionamiento no depende del pedido directo, sino de “cazar” llamados a través de un radio- acerca el documental a terrenos que pensamos solo hemos visto en la ficción. Recordemos Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014), con un protagonista lucrando con la tragedia. Los Ochoa deambulan en el mismo dilema, hay una genuina preocupación por ayudar, pero también esperan conseguir ganancias monetarias porque ese es su trabajo; lo cual los lleva a situaciones como competir (literalmente “echando carreritas”) con otras ambulancias para llegar primero al herido, sobornar policías a cambio de avisos de accidentes o convencer a los lesionados de trasladarse a ciertas clínicas privadas con el fin de obtener una comisión. Eso sin mencionar que el conocimiento como paramédicos es solamente empírico.

Lorentzen monta lo filmado de tal manera que pretende lograr una estructura dramática. Algo que bien nos puede recordar el estilo de Frederick Wiseman, manteniéndose al margen de lo sucedido, pero con la suficiente cercanía para hacernos sentir en medio de la acción. Una labor complicada si no se quiere rebasar la delgada línea ética. Si bien, se evita el morbo y la manipulación hacia el espectador, Lorentzen trata de filmar lo necesario y de la forma adecuada para lograr el efecto dramático. Afortunadamente, el joven director logra mantenerse imparcial la mayoría de las veces y no invade más allá de la privacidad que la ambulancia ofrece. El morbo en este caso se queda afuera, en las calles.

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Como ya habíamos mencionado, Familia de Medianoche es un documental que bien podría ser una muy buena ficción. Involucra implícitamente temas más allá del deficiente sistema de salud pública: Hay una especie de mezcla entre la emoción de un oficio que lucra con la tragedia como sucede en Nightcrawler; retrata la cotidianidad nocturna urbana que mostraba Insomniac (aquel programa de TV donde el comediante Dave Attell recorría una ciudad durante toda la noche), tiene el estilo observacional de Frederick Wiseman, y es tan humano como aquel otro documental urbano En el Hoyo (Juan Carlos Rulfo, 2006) al mostrarnos el genuino carisma de las personas comunes.

Los protagonistas del documental, en ese sentido, transmiten un involuntario humor, así como una emotividad en medio de historias desgarradoras, las cuales van desde una adolescente a quien su novio le rompió la nariz o un bebé intoxicado por el “activo” que su padre consumía, hasta la muerte de una jovencita de camino al hospital. Los Ochoa, como muchas otras personas, también intentan sobrevivir, pero de diferente manera y como consecuencia del mismo sistema roto, al desempleo.

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