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Extrañas apariciones 2

Extrañas apariciones 2

Extrañas apariciones 2 adapta al cine un caso real que tiene tanta credibilidad como los programas de fantasmas en la tv. Vale, aceptemos que ahí había algo. Vale, aceptemos que eran fantasmas estúpidos.

Tom Elkins no dirige: se pone en ridículo, directamente. Es muy, pero muy complicado, encontrar un trabajo peor que el suyo en un género con tantísima mierda como es el cine de terror. Elkins consigue soltar el mojón más gordo de la puta fosa séptica. Las protagonistas tienen un don (el que se supone que tienen las personas en las que se inspiran) y Elkins, amante de Spider-Man, hace que éste se manifieste después de un flash estilo sentido arácnido que lo vuelve todo rojo, o verde, o azul, depende de cómo le pegue al bueno de Elkins. El lamentable director (sí, faltando y todo, porque me mosquean mucho estas cosas) empieza ya mal la película, metiendo el primer «susto» (¿?) antes de que la acción empiece a desarrollarse, como diciendo: «vais a flipar, amigos. ¿Habéis visto esto? ¡Pues va a ser así sin parar!». A mí, personalmente, me suda el nabo que en la primera escena una de las protagonistas vea a su madre muerta si no sé qué coño está pasando. Por otra parte, el guion de David Coggeshall es incluso peor. Al hombre le da igual la lógica, se la pasa por el forro de los cojones una y otra vez, puesto que la idea es ir metiendo fantasmas sin ton ni son. Cuando guion y dirección deben unirse explota una bomba de cagarros bastante grande y nos queda un producto que empieza asquerosamente mal y que, contra todo pronóstico, va a peor, incluyendo un clímax de más de una hora, lento como una tortuga de dos patas y ridículo como Belén Esteban citando a Nietzsche.

El reparto, por desgracia, no aporta nada. Abigail Spencer no muestra ni de lejos su mejor versión, mermada probablemente por la particular idea del director. La pequeña Emily Alyn Lind es la única que se libra de la quema y que, en algún momento, dentro de muchos años, renegará para sus adentros por haber participado en semejante basura. Katee Sackhoff, que tiene algún que otro trabajo más que decente, se contagia del virus mierdístico que infecta a Exorcismo en Georgia y deja una labor que no es mejor que la de cualquier aspirante a actriz siliconada de un slasher de bajo presupuesto. Chad Michael Murray, ídolo adolescente y actor de los que deben todo al físico, cierra el cupo de mierda suprema que llena la película.

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