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Cosas que no hacemos: un viaje de encuentro, transformación y crecimiento.

Dayanara 2 Crédito Bruno Santamaría

Cine Mexicano

Cosas que no hacemos: un viaje de encuentro, transformación y crecimiento.

El documental dirigido por Bruno Santamaría Razo que incluyó un proceso de creación de alrededor de 6 años, tuvo su estreno en festivales internacionales cautivando a la audiencia de más de 40 países y hoy llega a salas cinematográficas.

 

El agua se mueve calmadamente, refleja el brillante sol. El viento mueve los árboles del paisaje que se enriquece con las risas de los niños que van de un lado a otro, cada vez con más ímpetú, cada vez con más gritos, cada vez corriendo más y mirando al cielo: Un Santa Claus en una avioneta recorre el cielo y les avienta dulces provocando una emoción casi tan irreal como el propio suceso, onírico, bello.

Esa es la poderosa introducción a Cosas que no hacemos, documental del director Bruno Santamaría Razo, quien en su búsqueda como realizador en la que quería hallar un punto para hablar sobre el crecimiento personal, también encontró una forma de explorarse así mismo y conectarse con los miembros de la comunidad de El Roblito, Nayarit, su contexto, su violencia, su alegría y día a día pero también sus personajes, como Arturo, el adolescente que lleva la batuta de esta historia sobre dar un paso adelante.

“Estaba buscando ir a un lugar que me permitiera ver crecer a alguien, yo quería hacer una película que acompañara a alguien en un paso para atreverse a hacer algo y al paso del tiempo y el trabajo conocí a Arturo, uno de los pocos jóvenes que hay en el pueblo y fuimos dándonos cuenta en que había algo en común en relación a los secretos de los padres hasta llegar a una emancipación, siendo el corazón de la película”, explicó Bruno en entrevista.

La película siguió un camino inusual, pues lo único claro era el deseo de hablar del crecimiento de una persona para atreverse a hacer algo, pero al llegar al Roblito, – gracias a la anécdota real de este Santa Claus volado -, Bruno encontró ahí el lugar en el que quería filmar debido a todo su contexto: un pueblo donde los niños juegan libres todo el tiempo, casi en una ausencia de adultos debido a que la mayoría salen a trabajar por periodos muy prolongados; además de la violencia que los rodea, turista en el pueblo, pero presente aunque no definitoria para la vida diaria.

“Cuando quería hacer una película sobre alguien que crece y que cambia su forma de entender el mundo, quería tener un entorno violento porque pensaba que eso acelera de alguna manera el proceso de maduración, porque la realidad te golpea y te hace ver las cosas de manera distinta, era una idea que tenía.

Al llegar a este espacio empecé a entender que de entrada, hay muchos tipos de violencia: la más evidente y de la que se habla por todos lados, tiene que ver con la sangre; otra es la escases de agua potable, no hay agua potable, no tienen tuberías ni tenían hasta hace poco luz, y la otra, es la que pasa en la intimidad de una cocina que tiene que ver con los secretos, con el miedo de ser quien tu quieres ser”, señaló el cineasta.

En este caso el proceso de Arturo para tener claridad con sus padres sobre su identidad sexual y ser Dayanara, se mezcla con la forma en la que se relaciona con el pueblo y, así mismo, la comunidad con su propio contexto y los rastros de violencia.

“Hubo una mancha de sangre y apareció en nuestro proceso de filmación, decidimos que estuviera en la película porque tal cual irrumpe en el proceso de las personas, es un acontecimiento fuerte, se habla de eso, se queda en la mente de los niños y las niñas, los relatos están cargados de esa anécdota pero al día siguiente, todo tiene que seguir.

Me parecía que hace más denso la violencia que uno puedo sentir por tener miedo de ser quien eres y después salir a la calle y seguir siendo quien tú eres en un contexto donde además te resuelven las cosas con una pistola, hace todavía más fuerte y valiente el acto de Dayanara y por eso se nos hacía importante compartirlo en la película”, afirmó Santamaría.

El largo proceso por llegar a la intimidad con los habitantes del pueblo y el propio Arturo fue lo que enriqueció a la película pues “medio de eso hubo compartir sueños, secretos, películas, trabajo, llanto” de los involucrados, que a su manera también crecían y se encontraban, como al final Dayanara se encuentra, ahora con sus decisiones también.

“Una vez que ella hace este gesto valiente, es una cuestión de felicidad y de alegría y de fuerza pero por otro lado viene una serie de responsabilidad y de carga porque es un mundo denso y tratamos de representarlo. Entonces esta decisión trae una responsabilidad y es bellísimo que ella haya hecho esto pero implica una serie de cuidados incluso más fuertes en su vida y queríamos que se sintiera esa violencia que de alguna forma aumenta y es terrible”, concluyó.

La película contó con el trabajo del sólido equipo integrado por Bruno, así como por Andrea Rabasa (edición) y la sonidista Zita Erffa, quienes lograron ir paso a paso y tener el apoyo de Imcine, el festival de Tribeca, Foprocine, etc., y ahora, tras la espera por su estreno, llegar a salas cinematográficas luego de su paso por festivales internacionales como Hot Docs en Canadá, Open Docs en Inglaterra o el Dokfest en Alemania.

 

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