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Chilangolandia, el caos de la Ciudad de México representado en una caótica comedia

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Criticas Cine

Chilangolandia, el caos de la Ciudad de México representado en una caótica comedia

Hubo una época a finales de los 90 y principios de los 2000 donde parecía que cada nuevo cineasta aspiraba a ser el nuevo Tarantino. Por lo menos en el cine mexicano abundaban aquellos largometrajes con historias segmentadas y entrelazadas sobre un grupo de personajes involucrándose de alguna manera con el mundo criminal. Bueno, pues Chilangolandia, ópera prima de Carlos Santos, podría perfectamente entrar en esa camada pero con veinte años de retraso.

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La película nos presenta una serie de enredos con humor negro a través de tres arcos argumentales que, evidentemente, se ligarán. Primero tenemos la historia de Ramiro (Silverio Palacios), un taxista residente de Tepito cuyas esperanzas para salir de pobre las tiene puestas en El Chulo (Pierre Louis), un joven huérfano que aspira llegar al fútbol profesional, pero para mala -o buena suerte-, se enamora de una inmigrante venezolana y novia de nada menos que el líder criminal del barrio de Tepito, El Gusano (Emmanuel Orenday). Junto a El Pollo (Moisés Iván Mora) y La Beba (Priscila Arias “La Fashionista”) nuestros primeros protagonistas intentan huir de los malandros de El Gusano para llegar a una cita con el dueño de un equipo de fútbol de la primera división. 

Por otro lado nos encontramos con el trío de escoltas del Diputado Fonseca (Carlos Corona), quienes reciben el importante encargo de entregar una maleta con 10 millones de pesos al asistente de un juez. Obviamente, el objetivo y procedencia de este dinero no está para nada dentro de la legalidad, se trata de la inversión de un empresario sudamericano con conexiones en el lavado de dinero. Como es de esperarse, el grupito de bobos guardaespaldas entregan el maletín a la persona equivocada: Miguel (Aarón Aguilar), el mandilón marido de la envalentonada y dicharachera Carmen (Liliana Arriaga “La Chupitos”), ellos, junto a su hijo con pretensiones de reguetonero, son una familia de bajos recursos de Ecatepec, por lo tanto, hacen todo lo posible para quedarse con el dinero pese a la inminente amenaza de los escoltas.

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Con los ingredientes puestos, vemos las peripecias de estos personajes a lo largo de un día. Es evidente la intención de hacer de la Ciudad de México un personaje más en la historia involucrando sus más superfluas características: el tráfico, el metro, los Oxxos, los retenes, el bosque de Chapultepec, el C5, tiendas de electrodomésticos al estilo de cualquier Coppel o Elektra y hasta un temblor, claro, todo ambientado un 28 de octubre, lo cual, por cierto, nos enteramos ya bastante avanzado el metraje y con el único propósito de hacer funcionar un chiste.

Si bien, la trama de por sí es una serie de enredadas situaciones, el hecho de incluir con calzador las características de la ciudad hacen que la película sea más caótica de lo que debería ser. Pocas veces estas peculiaridades urbanísticas se sienten justificadas o si quiera ligadas a la credibilidad de la historia. Como ejemplo, podemos citar la secuencia donde el Diputado Fonseca habla por celular con sus escoltas cuando recién se entera que los bobos entregaron la maleta a la persona equivocada. Porque, claro, si uno está en el Centro Histórico y tiene que resolver un problema de 10 millones de pesos, pues camina hasta la zona más congestionada de la explanada del Zócalo para situarse justo en medio de los Danzantes Aztecas con el fin de que la conversación telefónica sea imposible y todo se convierta en un innecesario e injustificado griterío.

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Situaciones así sobran, no importa si están en un lugar concurrido o en uno cerrado a un metro de distancia, por alguna razón todos los personajes están gritando. Chilangolandia es una comedia de caos que no logra cohesionar lo que quiere contar con lo que en realidad nos está contando. Su congruencia se siente simple y al servicio de la broma en turno. Lo más rescatable dentro de todo este desorden es su elenco, en especial los comediantes y actores más experimentados, quienes logran recuperar algunos momentos de humor. Digo, no todo es un desbalanceado festín de gritos, hay, aunque contados, efectivos gags que sí logran sacar una risa.

Chilangolandia dejará satisfechos a quienes busquen una ligera comedia para pasar el rato y comer palomitas. Desafortunadamente, la esencia caótica de la Ciudad de México que -creemos- pretende representar se queda nomás en su forma. El hecho de que todo el mundo se la pase gritando eufórico y respondiendo a los lugares comunes de sus respectivos estratos sociales no quiere decir que se trate de una representación del caos urbano o de la identidad. No es necesario sollozar para hacerse notar.

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