Balada de un hombre común

    balada de un hombre comun
    ★★★★✩

    Durante el invierno de 1961, Nueva York llegó a los dos grados bajo cero. Mientras, el folk se convertía en la música de moda y el Village se llenaba de jóvenes estrellas siempre en ciernes y con ganas de triunfar más pronto que tarde. Hacía demasiado frío para sobrevivir sin abrigo, más si no tenías una casa a la que volver cada noche.

    Balada de un hombre común es el eterno despertar de uno de esos ansiosos aspirantes, que viaja up and downtown con un gato naranja en brazos mientras se plantea, una y otra vez, a qué está dedicando su vida. El esfuerzo no es más que una caja llena de vinilos incolocables, incapaces de encontrar si quiera un escondrijo. Hay frustración y una vida descolocada, pero hay algo que siempre hace volver al mismo lugar, como un gato fugado de casa.

    ‘Road movie’, ‘bildungsroman’ del perdedor, musical y comedia negra son los ingredientes de este cóctel capaz de dibujar una Nueva York congelada, donde la vida todavía podía ser bohemia, aunque eso no le diera mucho más sentido. Los Coen consiguen, con una fotografía espectacular, trazar el sobrio retrato de una época que es, para muchos y para mi la primera, un refugio sentimental. Sin olvidar, claro está, el aderezo musical: canciones que se escuchan sin interrupción, desde el momento en el que se afina la guitarra hasta que se pasa la cesta. Una banda sonora que se queda en la cabeza desde el primer plano, con Isaac rasgando la guitarra más para sí que para convertirse en estrella.

    Llewyn Davis, tras un peregrinaje casi místico, sabe que no será un solista. Se resigna pronto a no ser una estrella; no quiere ser un mono de feria, pero ya es tarde para encontrar otra forma de sobrevivir. Menos mal que, en Nueva York, sobran los sofás.

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